Este es el poema de Mario Benedetti que no ubicaba hace unas semanas, y que encontré en un borrador de mi correo electrónico sin querer. Por eso he decidido publicarlo como apéndice de lo que comencé hace unas semanas, cuando le pedía ayuda a Benedetti y cuando estaba con el mismo ánimo que hoy me acompaña.
viernes, 11 de septiembre de 2009
Apéndice de un post anterior
sábado, 5 de septiembre de 2009
Un largo e impensado viaje
Fulano llegó apurado al paradero para ir a la Universidad. Tenía decidido tomar el primer bus para no perder más tiempo. Se había hecho tarde, demasiado tarde. Estaba preocupado por entregar un trabajo que debía desde hace una semana. Apareció un bus y, sin pensarlo mucho, lo tomó. Aquel bus no llegaba hasta la Universidad, pero en ese momento no le importó ese pequeño detalle: le interesaba avanzar. Seguía mirando su reloj como presumiendo que se detendría o que simplemente el tiempo lo traicionaría como sucedía casi siempre. El carro avanzaba rápido para ser las ocho de la mañana, pero Fulano sentía que lo hacía demasiado lento, miraba con cólera al chofer por el espejo incrustado en la parte superior del parabrisas, entre los dos tapasoles. Fulano apretaba los labios y lo miraba con cara de malo, como si ese hostil gesto intimidaría al conductor y lo haría avanzar más rápido, lo que –repito- hacía.
Se hallaba parado desde que subió, incómodo en medio del pasadizo. De pronto alguien se paró. Inmediatamente Fulano se sentó. Se sintió un poco más tranquilo. Claro, no dejaba de mirar el reloj de manera mecánica. Acomodó su mochila entre sus piernas. Se puso a revisar el trabajo que llevaba en la mano, en un folder algo arrugado por el ajetreo. Fulano comenzó a leerlo, mejor dicho a ojearlo. Se concentró en la hoja de conclusiones y se puso a leer en voz baja. En eso de pasar a la siguiente hoja percibe que alguien le observa detenidamente. Voltea y advierte que es una chica que rápidamente se pone a observar por la ventana. Él regresa a lo suyo. Por dentro piensa “Qué linda esta muchacha, qué bonito lunar”. Fulano, sigue en lo suyo.
Pero después de un momento piensa, mirando fijamente su hoja: “En serio, que linda”. Pero no quiere voltear a verla. Siente que malogrará la pequeña escena de dos pasajeros que se sientan juntos por esas casualidades de la vida y que, también por esas casualidades, comparten un ligera cruce de miradas. Pero igual duda. Le gana las ganas de ver nuevamente ese lunar en su mejilla. Y lo hace. La mira como sabiendo que no habrá otra oportunidad. Ella no deja de mirar por la ventana, Mengana no sabe qué hacer. Se incomoda, pero no voltea. “Pa qué lo miré…”, piensa, “… seguro se ha dado cuenta que lo estaba mirando, ¡diablos!”.
Fulano regresa la mirada a su folder, pero ahora ya no lee nada, sólo quiere disimular la inquietud, la ansiedad que lo ha comenzado a invadir. De repente mira su reloj: son las ocho y treinta. Se impacienta nuevamente por el tiempo, mira por las ventanas para ver dónde se encuentra, y en qué paradero deberá bajar para tomar el carro que sí lo lleve hasta la Universidad. Se percata que Mengana dibuja una suave sonrisa. Fulano alucina que él ha provocado esa sonrisa con sus ademanes de chico apurado. Mengana baja la mirada hacia su cartera, acomoda algunas cosas. Él la mira, pero inmediatamente regresa a lo suyo: “Va a pensar que soy un ratero si miro tanto su cartera”, dice es voz muy baja, mientras revisa una parte de su trabajo y se percata que hay una falla ortográfica y se lamenta. Piensa que tendrá que imprimir nuevamente esa hoja y que perderá más tiempo.
-¿Qué hora tiene, disculpe?- pregunta Mengana a Fulano, de manera imprevista.
-¿Perdón?
- Quiero saber la hora- replica Mengana dibujando una nueva sonrisa.
- Las ocho y cuarenta y tres- le responde Fulano, mientras baja el brazo acomodando la manga de su casaca.
-Gracias- manifiesta Mengana.
- De qué, no es nada, mejor, espero que esté a tiempo de llegar a su destino- señala Fulano, con una voz pausada para evitar tartamudear.
- Más bien, espero que usted esté a tiempo de llegar a su destino. Se ve que tiene bastante prisa.
Fulano se sonroja. Ella se vuelve a ver hacia la ventana y se quedan en silencio. Más bien, Fulano no sabe qué responder a esa frase que siente que lleva mucha ironía por parte de Mengana, pero sobre todo confianza.
-¿Se nota?- pregunta Fulano, después de unos segundos de silencio.
Mengana regresa la mirada que tenía concentrada en la ventana.
-Un poco.
Él suelta una fugaz sonrisa y regresa a ver su reloj, como sabiendo que no es ninguna broma el retraso que lleva. Se concentra nuevamente en una hoja de su trabajo, quiere leer para ver si encuentra otro error que deberá corregir pero no puede. “¿En verdad quería saber la hora? O quería hacerme el habla. Debe haber visto la hora en su celular cuando revisó su cartera. Debe tener”, pensaba Fulano a la vez que no podía terminar de leer una oración.
“¿Estará esperando que ahora yo diga algo?”, se preguntaba Fulano. “Y qué le digo. Lo de la hora se prestaba por lo menos. Me ha dejado lo más difícil”, seguía diciendo mientras daba la vuelta a la hoja.
-Pero qué lento va este carro- se le ocurrió decir a Fulano en voz alta y mirando hacia la ventana, para ver si Mengana decía algo al respecto.
Ella se quedó en silencio, no hizo ningún movimiento claro. Como si no hubiera escuchado ningún comentario.
Fulano se lamentó por dentro de haber soltado aquella frase tan fútil. Pensó que había defraudado a Mengana. “Pero qué más le podía decir” se decía, “ahora ya no puedo agregar nada, sólo decirle que es muy linda, que me gusta mucho su lunar, pero no, eso no. Ahí si que recibo un show”
-Me gusta el lunar de tu mejilla- dijo Fulano- Perdóname la confianza, pero necesitaba decirlo- agregó con una voz que se le cortaba.
-Gracias. Pero no era necesario su comentario- expresó Mengana, con una tranquilidad que también calmó en cierta manera a Fulano.
-Perdóneme- dijo Fulano mirando la carátula de su trabajo.
Él miró la hora y ya eran las nueve y tres. Advirtió que ya debía bajar para tomar el siguiente carro. Cuando Fulano recogió su mochila y la puso encima de sus piernas, y miró por la ventana el siguiente paradero, Mengana se atrevió a decir algo.
-Cómo te llamas.
-Fulano- dijo él- ¿Y tú?
-Mengana- respondió.
-Mengana, mm, cae muy bien con tu lunar.
-Con el lunar que te ha gustado, según tú.
-Y sí, me ha gustado.
-Sólo lo has dicho por decir algo.
-Para nada. Mejor, esperaba decir algo por decir como eso de qué lento va este carro, pero me salió no sé de donde. Pero me pareces linda.
-No, no, no. Ahora no sólo es el lunar sino también todo yo.
-Sí.
-Bueno, me parece que estás exagerando, pero no me voy a molestar por tus excesos.
-¿De elogios?
-De todo.
-Entonces yo tampoco me voy a molestar por tus excesos.
- ¿Mis excesos?
Sí, tus excesos.
Mientras conversaban mirándose a los ojos, Fulano acomodándose nuevamente la mochila entre las piernas, y Mengana acomodándose de rato en rato el pelo para que él siga viendo su lindo lunar en su pómulo izquierdo, el paradero donde tenía que bajar Fulano se quedó atrás. Él se percató que eso sucedía, pero no reaccionó como lo hubiera hecho una hora antes.
-Pensé que no te ibas atrever a hablarme, y peor con algo tan directo- dijo Mengana-.
-Yo tampoco, pero…
