domingo, 28 de diciembre de 2008

Eso es Trahison señor García

La traición se pasea por el mundo como Estados Unidos en nuestras mentes. Así es, y en su caminar sólo tiene como única convicción tomar el protagónico de una escena donde sea mínimo uno el afectado. Puede tomar por asalto a un hombre que se dirige a casa con alguna sorpresa atinada, para la mujer que ama y adora, e influir en el gesto más sencillo de una muchacha guapa, para que ese ejemplar marido se convierta en el próximo vil hombre en engañar a su esposa.

O, de repente, sorprender en alguna reunión familiar a una desprotegida convivencia y dar los últimos pormenores para desaparecer a ese hermano que se está entrometiendo con tus intereses de querer ser el único responsable y heredero de esa pequeña fortuna que los padres de ambos construyeron. También puede toparse con un Jefe de Estado y llevarlo al patético caso de traicionar sus propias ideas y promesas, por no afectar algún burdo compromiso con tipos de mala calaña; entonces, la traición volverá a ese hombre, insalvable.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (BRAE) define Traición como la “falta que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener”. Otras definiciones la señalan como la “violación alevosa de la confianza”. También se habla de la alta traición, de la cual se dice que “es cometida contra la soberanía, la seguridad o la independencia del Estado”.

Y la traición tiene que ver mucho con la ingratitud, creo yo. Con esa falta de valores y de amor propio, aunque en el Presidente del Perú ese amor propio parece ser inextinguible, de una bonanza envidiable. Pero no podemos llamar de otra manera a las actitudes que ha tenido el doctor Alan García Pérez para con los terrenos del Estado, los cuales quiere vender a toda costa. Como ha vendido su conciencia al sistema económico fundamentalista que vemos como se desploma llevándose al mundo por delante. Lo cierto es que él sólo sigue los mandamientos del libre mercado que manda a ¡vender!, ¡vender!, y ¡vender! los bienes de la Nación y en general al país, con los peruanos adentro, como lo hace en la Amazonía y en las comunidades campesinas. Como regala a los trabajadores a las transnacionales para que ellos decidan su futuro, como si le importase algo más que la producción a esos hijos sin madre del lucro. Pero ahora muchos sectores de la sociedad civil -y sólo una parte de la prensa- reclaman, pero esta subasta de modalidad a la inversa viene desde Fujimori y su lobbismo anacrónico y sicofante.

Y al vocablo traidor le acompañan una sucesión de sinónimos que al mismísimo Dios, con su ángel predilecto Lucifer al principio a su diestra, no pensó en escuchar. Ahí van algunos: desleal, infiel, judas, felón, falso, vil, tránsfuga, conjurador, ingrato, insidioso, delator, alevoso, maquinador. Sinónimos que pintan de cuerpo entero a l Primer Mandatario y a muchos personajes de nuestra clase política, que anduvieron por varios gallineros buscando el palo exacto donde arrimarse para dormir y aprovechar de la mejor manera la mañana.

Hoy 28, es día de los inocentes, pero no podía dejar de hablar del problema que viene sufriendo el Perú con sus bienes. Me entero, leyendo ayer sábado en El Peruano el decreto supremo que concede a la empresa china Xiamen Zijin Tongguan Investment la titularidad de ocho terrenos mineros ubicados al borde mismo de la frontera con Ecuador, pese a que la Constitución prohíbe que intereses extranjeros tengan título alguno en territorios ubicados a menos de 50 kilómetros de las fronteras.

Por la experiencia histórica impulsada por grandes imperios como el inglés y estelas como la experiencia chilena en Antofagasta, han llevado a la precaución a los países del mundo, quienes prohíben, constitucionalmente, que los extranjeros tengan propiedades o exploten recursos en las zonas fronterizas. Pero en el Perú son excepciones los casos donde tal presencia sea de necesidad pública, y gracias a esas ganas de querer joder el Perú lo más pronto posible, y apelando a decretos publicados en los gobiernos de Toledo y Fujimori que señalan que es de interés nacional impulsar la concesión de terrenos del Estado, la administración aprista decide hacer esta concesión sin tener en cuenta criterios básicos de la Soberanía Nacional.

Para que le suene mejor a nuestro Presidente y para hacerle recordar sus “buenos tiempos en París”, le diré en francés cómo se llama este tipo de actitudes: trahison. Traición a quienes confiaron ingenuamente en ese cambio responsable que al final sólo ha terminado siendo un continuismo responsable para la derecha. Y una felonía para esa mayoría postergada por la historia y por ese hábito aprista de claudicar. Claro está que García está esposado de sus cuatro a la cama del neoliberalismo y, está en su gloria, como en sus buenos tiempos de galán de motocicleta.

Señores, debemos recordarle al Gobierno que el Perú no está en venta. Toda la sociedad civil, instituciones, universidades y partidos políticos decentes deben pronunciarse como lo hicieron cuando se pretendió vender una parte del Cuartel General del Ejército (Pentagonito), en todo caso, nos corresponde poner coto a esa actitud descalificable del actual régimen de poner en venta al país.

viernes, 26 de diciembre de 2008

El Rey de los desencantados

Las estadísticas sentimentales de mi vida de los últimos años no han sido para nada favorables, si de esas estadísticas dependiera la realidad del país diríamos entonces que estaríamos un poco más fregados de lo que ya estamos, con las cifras en azul y todo eso que parece que para cualquier cambio real y para bien de las mayorías no vale. Y de esto me he comenzado a preocupar desde que Zamantha me hizo saber –como sólo saben decirlo las mujeres que hablan con los espejos- que no quería nada conmigo y que no siga con ese papel de templado y niño bueno de telenovela que esos no le gustan para enamorado y menos para hacerla feliz.

Sé que muchos –por no decir todos- ya habrán sacado un perfil de mis métodos para enamorar. No se dejen llevar necesariamente por lo que Zami me dijo, creo que no soy exactamente así. Pero me va mal, no la atino ni con la que está igual o peor que yo. La preocupación ya ha llegado a ser un temor y problema político de todo mí ser, todo yo debato con mucha prepotencia conmigo mismo. Temo que vayan claudicando uno a uno mis órganos que sólo viven del amor y para el amor.

Zami fue la ultima, pero Claudia, Andrea, Charo, Xiomara y todas las mujeres que llegaron a interesarme me dijeron- sin decirlo algunas- que no pasaba nada conmigo. Debo de ser un plomazo -como me lo diría una argentina-, un tipo sin gracia ni argumento, uno más de esos que en realidad son uno menos. Claro, no es que las cosas se hayan revertido bruscamente y antes haya sido un tipo asediado sino que no había pasado tanto tiempo sin una compañía femenina, sin alguien a quien pueda abrazar y hacerla feliz. Tanto tiempo ya necesitado de una sonrisa cómplice compartida.

Les contaré sólo algunos de mis actos fracasados y compungidos, por ejemplo, había quedado con Claudia para recogerla de su trabajo, pues había sufrido un robo el día anterior, y cuando estuve ahí, ella salió del edificio encandilada con un muchacho y pasó por mi lado sin titubear. Para el cumpleaños de Andrea estuve buscando por una semana su regalo hasta que lo encontré en una tienda de antigüedades. Era un cofrecito, del que tanto me había hablado Andrea, y siguiendo sus referencias lo ubiqué, me decía que su abuelita había prometido regalarle el suyo cuando muriera y que nunca lo vio. Yo tenía uno para su cumpleaños, se lo entregué forrado y no le dije que era. Días después como no me decía nada le pregunté por el regalo y me dijo que había desaparecido el día del cumpleaños, le dije que le había regalado un cofre idéntico al que su abuelita le prometió y, Dios mío, no me creyó.

Sé que mucho del poco encanto (desencanto) que me cubre está embadurnado de mala suerte y debo de ser un monse de polendas, un faite con corbata de michi y peinado con la raya al medio, en fin, un magíster en Desatino crónico. Mi Dios debe haber comenzado a sufrir de Alzheimer y mi Satán de cataratas. A mi simpatía debe haberle crecido dos sinceras comillas, mi composición química sentimental debe haberse mezclado con uranio Iraní. Pareciese que mi parlamento orgánico ha sido atacado por el Ántrax de la inoperancia.

Ahora que me pongo a inventariar lo poco que me queda de lo poco que siempre tuve, en mis relaciones con las mujeres, sólo encuentro: una puntualidad resbalosa, una cordialidad pusilánime, un respeto setentero, una sonrisa pálida, un humor flaco, una economía del tercer mundo, una fidelidad desfasada. Talvez lo único que me quede de encanto sea ser agente nada especial doble cero, como Connery. Lo admito, como él, sólo lo doble cero a la izquierda.

jueves, 25 de diciembre de 2008

Regalemos simplemente miradas sinceras, amigas y transparentes

Creo que una de las mejores cosas que tiene la Noche Buena es que dura el mismo tiempo que las otras noches, y es que sería una pena en verdad que durase más, que se alargara con fines seguramente mundanos. Y es que sería insoportable, ver, saber o simplemente imaginar que cuando muchas familias están en la mesa departiendo platos tradicionales y repartiendo juguetes a los pequeños de la casa, muchas más familias –de eso estoy seguro- no tienen otra comida para cenar más que la de todos los días, y que los pequeños regalos para sus hijos en muchos casos no coincidieron con estas fechas, pero sí para contentarlos con una decena de cuetecillos. Sí, por eso, en principio, me alegra que la Noche Buena dure sólo unas cuantas horas. Porque el 25 es otro día más, un día que el sistema le ha dado a los seres humanos para descansar, para reconocer muchos lugares de la casa que hace un buen tiempo no prestabas atención o simplemente para que te admires cómo tus hijos están cada vez más grandes.

Los preparativos de la Navidad, que comienzan desde inicios de noviembre, hacen las cosas más difíciles a la gente que no cuenta con los ingresos económicos para planear algo “aceptable”. Y todo lo debemos a este mercantilismo aberrante que ha capturado nuestra realidad, que nos ha inyectado ese líquido verdoso llamado consumismo en nuestras iris, también en nuestras pulsiones, que cada vez nos pertenecen menos.

Con esta reflexión no quiero conseguir que ustedes sientan compasión ni remordimiento, sólo les pido que se la jueguen por la justicia, la equidad. Los desfavorecidos del mundo, que son casi la mayoría absoluta, no necesitan de caridad, necesitan justicia, exigen justicia, racionalidad, demandan respeto por la vida humana y principalmente por sus vidas.

“Yo me interrogo ahora/ ¿por qué no he amado sólo/ las rosas repentinas,/ las mareas de junio,/ las lunas sobre el mar?/¿Por qué he debido amar/ la rosa y la justicia,/ el mar y la justicia,/ la justicia y la luz? Se preguntaba Juan Gonzalo Rose en un poema que le escribió a su hermana María Teresa, y es que la pregunta es tan licita cuando uno ha sentido el dolor del amigo de enfrente, del hermano de arriba, del paisanaje de adentro. ¿Acaso es necesaria la propia desgracia para sentirnos humanos? En todo caso no debería ser así, deberíamos ayudar al prójimo no por caridad sino por respeto, no para sentirnos bien sino para sencillamente reflejar nuestra alma.

Sabemos todos que en la víspera las sonrisas han estado sólo acompañados de regalos, los otros, la mayoría de los niños han tenido que dormirse para no seguir chancándose la cabeza con preguntas seguramente ajenas a la pobreza, y sus padres debieron haberse acostado aún antes que sus hijos, que esperaban aún un milagro, para dejar de sentir esa impotencia, doble por las fiestas, que sienten cada noche al darle un vistazo en el espejo a su existencia.

Si bien el ser humano ha necesitado siempre de mitos para consolarse de lo inexplicable, la de crear un viejo bonachón con un saco mágico lleno de regalos, es una de las más banales y tóxicas que se han creado -como el halloween- pues no necesitamos de seres bondadosos que nos reemplacen. Necesitamos seres humanos con sentido común para gobernar las naciones, necesitamos sabiduría y voluntad de redistribuir de manera equitativa las riquezas, en fin, necesitamos personas con mentes socialistas, como Jesús de Nazaret, quien ha pasado a ser un extra en esta fecha donde el mundo cristiano justamente celebra su esperado nacimiento. Jesús, el hijo de un carpintero, seguramente te estropearía la cena navideña si es que lo invitaras a tu casa en estas fiestas, como lo hizo cuando llegó al templo de Jerusalén y vio que lo estaban utilizando de mercado.

Este viejo de ropas abrigadas, de colores familiares, de una inmensa barba blanca, de una risa mema y una voz de armario, no debería ser el protagonista de esta fiesta que representa para muchos la venida del Mesías, del Salvador del mundo, de ese Hombre que planteó la igualdad del hombre sobre todas las cosas. Que enseñó por medio de la palabra a no agachar la cabeza ante la adversidad o frente al monstruo imperial. Que valoró el espíritu de los pobres sobre los ricos, quienes carecen normalmente de espíritu y gracia.

Mientras escribo estas líneas me entero del asesinato de nueve personas por parte de un estadounidense que vestido de Papá Noel irrumpió en una fiesta de Navidad en un suburbio de Los Angeles. La Policía informó que luego que Bruce Pardo abriera fuego contra varias decenas de personas e incendiara la casa, se suicidó de un balazo en la sien.

Los santas con sus llegadas inesperadas a los hogares que menos los necesitan también asesinan ilusiones, también perforan almas, asfixian futuros. Por eso no deberían existir avalados por ninguna bebida gaseosa ni por ninguna necesidad, que humana no es. Deberían existir hombres apoyando hombres, espaldas protegiendo espaldas, sueños comunes donde las flores, los ríos y las palomas sean las constantes. Deberíamos rechazar la presencia de cualquier señal de inequidad disfrazada de hombre bonachón, porque eso de que está en este mundo para hacer felices a todos los niños es tan falso como su buen humor.

Cuántas veces la indolencia de muchas personas terminan matando esperanzas, doblegando sonrisas, machacando miradas, pero a pesar que mis palabras se muestras tristes, no han perdido la ilusión de que las cosas cambien para bien, sin dejar de ser consciente que ello sólo dependerá de la mitad más uno de nosotros, de la mitad más cien de nosotros, del mundo entero. Porque estas fiestas sólo nos ayudan a reflejar cuán disparejo es el mundo, cuán injusto.

Defendámonos del consumismo monstruoso que nos separa del prójimo, dejemos de hacer más ricos a los ricos comprando cosas que en verdad no son imprescindibles para la felicidad humana, apoyemos al hermano que lo necesita, estribemos al compañero a levantar el brazo contra cualquier tipo de dictadura u opresión. Mirémonos sin prejuicios, sin regalos ni exquisitos platillos la próxima Navidad, démonos un abrazo entre todos, sabiendo que el calor del otro es alegría pura y alimento para nuestro espíritu. Mira a tu prójimo y regálale una sonrisa sincera, amiga y transparente.

domingo, 21 de diciembre de 2008

De San Marcos, no hay quién se salve


¿Quién, alguna vez, no ha deseado seguir ovillado al edredón sobre su cómoda cama y no llegar a la clase de algún profesor aburrido o autista? ¿Quién no ha aliviado su cansancio o no ha derrotado al implacable sol, transportándose en nuestro autóctono burrito para llegar a otro punto cardinal de esta ciudad? ¿Quién no se ha cruzado por ahí con algún burócrata, bribón y troglodita, con aires de decano que te trató como si fueses su empleado?

A todos nos sucede de todo en esta ciudad selecta de, cosas cotidianas, de situaciones imponentes e inseparables a nuestra vida y nuestro actuar, de asuntos comunes y silvestres. En este campus no hay quien se salve de San Marcos.

¿Quién en San Marcos no se ha tropezado, al bajar de una combi, con algún vendedor, de golosinas intragables o de exámenes de admisión mal resueltos? ¿Quién alguna vez no se ha cruzado con algún antiguo amor de la academia que nunca fue o, que si fue, tuvo que terminar por la inesperada “graduación” de alguno de ellos para seguir los estudios en la universidad? ¿A quién nunca le ha tocado apresurar el paso y serpentear a cuerpos adormecidos e impasibles para llegar a tiempo a una clase?

Díganme, ¿quién de ustedes no ha regresado la mirada, en algún momento, a ver a una muchacha linda y despreocupada, casi perfecta, que tomaba como pasarela suya algún jirón de esta ciudad universitaria? ¿Y, quién de ustedes, señoritas, no se ha mordido los labios –clandestinamente- al notar la presencia de algún tipo atractivo, apuesto, que es el que estaba esquematizado en sus sueños diurnos?

¿Quién no se ha sentido tentado o tentada de cumplir, la ceremonia licenciosa y ley nominal, de visitar la huaca con su pareja o, simplemente con alguien a quien te une un sentimiento pagano? ¿Quién no ha comido aunque sea una vez en el comedor? ¿Quién no ha sido ampayado, en algún rincón obvio o recóndito, con alguna pareja reciente, por un amigo o compañera de escuela?

¿A quién no le ha pasado un día que, sólo ha tenido como única ambición al venir a la universidad, el tropezarse, encontrarse o, simplemente para contemplar a esa personita que nos trae loco o loca? ¿Quién no ha esbozado una sutil sonrisa al leer una procaz, ingeniosa o estúpida frase en las paredes de algún baño? ¿Quién alguna vez no ha querido huir de su escuela?

¿Quién no ha salido de una clase marcando su semblante con un respiro profundo y tranquilizador, después de haber escuchado y asimilado la lección de un catedrático resuelto y valioso? ¿Quién, por alguna razón indefendible, no ha dejado plantado a alguien? ¿Quién, en alguna circunstancia, no ha envidiado, y por consecuencia renegado, al ver a una pareja feliz?

¿Quién no se ha enamorado en una biblioteca, una conferencia, en una verbena, en un pasillo, una clase, en el lugar donde no esperabas al amor? ¿Quién no ha sufrido, reído, envidiado, amado o dormido, en algún lugar de esta ciudad con complejo de pueblo y de mundo? ¿Quién no ha terminado mirando al cielo buscando a alguien? ¿Quién no ha compartido un lugar insospechado con otras parejas que buscaban lo mismo que uno? ¿Quién no le ha sido infiel a su filosofía- de manera alevosa- con la certeza de una duda?

A qué sanmarquino no le ha pasado por la mente la metafísica idea de brillar.

Por ultimo, quién no ha amado san marcos por lo menos unos segundos. Quién no lo ha defendido de una injuria. Por otro lado, quién no lo ha odiado también un par de veces. ¿Quién de nosotros no ha defendido en enésimas oportunidades su derecho al medio pasaje? ¿Quién podría decir que no sacrificó algún almuerzo por unas pálidas separatas? ¿Quién puede decir, que no ha vivido, aprendido o no se ha encontrado en esta constelación académica?

Quién podría decir que no le han pasado algunas de estas situaciones y aventuras, con nuestra complicidad unas, contra nuestra voluntad otras ¿Quién?

viernes, 19 de diciembre de 2008

¡Qué se entere el mundo de nuestras vidas paralelas!

Creo que la manera correcta de comenzar a hablar de ti es preguntándome en qué fallé, pero comenzaré mejor detallando la postergación de una sonrisa tuya, ante este menesteroso de encanto puro. Uno de los detalles que recuerdo de la primera escena que compartimos fue haber colaborado como caballero de corte irreal, aquel día de abril, en medio de esa cuesta que tenía como único fin, acercarnos, pero solo eso, en concreto: postergarnos.

Nos caímos demasiado bien, me preocupó eso, porque las cosas intensas normalmente nacen de fiascos prematuros, por eso intenté sin reparo caerte no tan bien, pero fallé. Y en aquel hipocampo de sábado -y esto lo digo negando de manera anticipada alguna aclaración- nos volvimos amigos, confidentes que comenzamos a compartir una desconfianza aniquilada, y eso me hizo cambiar de planes y por consecuencia, de oficio.

En nuestras conversaciones yo hablaba muy poco de ti, como conociéndome que podía equivocarme y apresurar las cosas, en fin, éramos amigos y lo hacíamos bien, no me molestaba que mirases a alguien o que soñaras con Brian Adams, era lo de menos. Lo que me importaba era que llegara aquel día donde, no conversaríamos más sin lograr mirarnos con la piel- esa de miel que te acoge y esa de nácar que me maneja-. Más bien hablaba de pómulos que me volvían loco, pero tu nada de vértelos en el espejo.

Una vez, sentados en un ómnibus, me pediste que me vaya, “¡Vete!- y unas lagrimas se suicidaban- ¡tonto, vete!” y, yo no podía irme, lo intenté pero no pude irme y eso me refrescó el alma y las ideas, y sólo te abracé con toda voluntad de hacerte saber mi arrepentimiento. Desde ese abrazo no nos soltamos hasta llegar a Lima, fue maravilloso saber que los abatares enlazan los sentimientos y te vuelven, de nuevo, un ser humano, de rasgos profundos.

En aquel viaje también fui por unos segundos tu Clark Kent, me hubiera gustado ahorrarme ese apelativo barato pero tenía que estar ahí, estabas en peligro y era cuestión de milésimas. Dormiste en mis piernas contra tu voluntad, y a pesar de todo eso, de lo bueno y lo malo, seguíamos siendo seres postergados a ese verbo que no mencionaré para no perder lo poco que queda en ti de este tipo descompaginado.

Siento la necesidad de que te re-enteres de todos estos detalles que fueron nuestros, cincuenta cincuenta, fatales detalles inacabados. Así lo tomo, así lo sobrellevo mientras observo las monturas de resina que me escogiste y no imaginaste que compraría, porque así eres tú, no quieres creer muchas cosas que están de más creerlas porque, para bien o para mal, no necesitaban ya de fe.

Ahora, desencontrados como nunca, por evitar daños a terceros y creo que hasta a cuartos, no queremos ubicarnos. Nuestras manos se levantan tímidas a metros, y nos hacemos los sonsos, los ocupados, como queriéndole dar la razón a la sin razón. En verdad estamos como quise estar en el principio contigo, y hoy por la mañana -mientras leía a Benedetti- y su olvido lleno de memoria, no me quedó otra cosa que morderme los labios, de rabia.

No puedo llegar a entender por qué la poca gracia de mi desgracia y el mucho desgano de mi corazón de almíbar. ¿Y tú corazón? Ese de risas y de tristezas gordas, ese que no sabe hacer otra cosa que amar a voluntad de Dios y a Dios. Qué es de él, recuerdo sus calles, no me perdería en ellas porque sé que esas chicas inventadas en Japón -sabes a que me refiero- me dirían el paradero de tus ganas.

Callemos ese ruido estereofónico que construimos para no hacer las cosas más difíciles o de repente -se me ocurre- para no hacerlas tan fáciles. Así somos, tal vez por eso la necesidad de no perdernos el rastro y de no amenazar a la casualidad que no se deja ver muy seguido por estos lares. Los mensajes que nos mandamos son tristemente alentadores y espero que no solo nos llevemos bien de lejos, por correspondencia, sino que enfrentemos nuestros estados de ánimo, eso urgente. Ahora que nuestras vidas han dado giros completos, y que tú te interesas cada día menos en seguir con este querer y no querer actuar, ahora que te has extendido lejos de aquí, ahora, sólo me queda publicar lo que fue nuestras vidas paralelas.


PD. Adjunto un poema de Mario Benedetti para redondear la idea y, en general, la historia. Dejando en claro que esta historia no es tomada de la vida real sino de esas paralelas que aveces nos quitan la viada.

AUSENCIA DE DIOS

Digamos que te alejas definitivamente hacia el pozo de olvido que prefieres, pero la mejor parte de tu espacio, en realidad la única constante de tu espacio, quedará para siempre en mí, doliente, persuadida, frustrada, silenciosa, quedará en mí tu corazón inerte y sustancial, tu corazón de una promesa única en mí que estoy enteramente solo sobreviviéndote.

Después de ese dolor redondo y eficaz, pacientemente agrio, de invencible ternura, ya no importa que use tu insoportable ausencia ni que me atreva a preguntar si cabes como siempre en una palabra.

Lo cierto es que ahora ya no estás en mi noche desgarradoramente idéntica a las otras que repetí buscándote, rodeándote. Hay solamente un eco irremediable de mi voz como niño, esa que no sabía.

Ahora que miedo inútil, qué vergüenza no tener oración para morder, no tener fe para clavar las uñas, no tener nada más que la noche, saber que Dios se muere, se resbala, que Dios retrocede con los brazos cerrados, con los labios cerrados, con la niebla, como un campanario atrozmente en ruinas que desandara siglos de ceniza.

Es tarde. Sin embargo yo daría todos los juramentos y las lluvias, las paredes con insultos y mimos, las ventanas de invierno, el mar a veces, por no tener tu corazón en mí, tu corazón inevitable y doloroso en mí que estoy enteramente solo sobreviviéndote.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

La tirria profesional del ojo ajeno

"Cocaleros, sean menos hipócritas y digan la verdad: que les es mucho mejor negocio personal sembrar coca que otros cultivos (...) que sólo quieren su billete de los narcos porque son pobres y quieren vivir mejor, sólo les deseo una cosa; que ustedes y todos sus hijos se vuelvan adictos. No habría nada más delicioso que ver al alacrán envenenarse con su propio veneno.".
Este fragmento pertenece a la Editorial titulada “la lógica cocalera” del diario Correo, escrito por el monofacético Aldo Mariategui, el 20 de abril pasado. Después de los constantes juicios que se permite dar y los ponzoñosos arrebatos- que parecen ser el alimento diario- de este periodista, creí que no iba a sorprenderme nunca más. Pero esta maldición, este deseo cargado de fundamentalismo y desidia, esta visión sesgada del típico hombre de horizonte de calibre corto, que dirige a los cocaleros y a sus hijos, debe llevarnos a todos los que creemos en el respeto entre seres humanos, a la indignación.

Parece que la conciencia y los pocos escrúpulos de este señor han ido acomodándose en la profundidad de ese abismo que adoptó y llama sistema neoliberal, que niega cualquier equivocación o defecto de quien plantea la forma de actuar, y de que si hay retroceso y falencias en el progreso es por culpa de los pobres, que según el dogma, no saben lo que es bueno para ellos, y por eso la necesidad de coaccionar a la hora de hacer.

Además, me preocupa que sea un periodista, director de un diario, el que se dirija así a sus conciudadanos, salvo que él no lo crea de ese modo y se sienta diferente, de repente rico y con una buena vida que, no tiene que cultivar coca para sentirse a gusto económicamente. Desear con deleite la adicción de peruanos y sus descendientes, es cosa de un egoísmo nato y de un espíritu barato. Obvia o, más bien, defiende esa poca verdadera voluntad –del Estado- de querer sacar adelante a esa gente afectada por ese maldito hábito de procrastinar.

No sé por qué se me viene a la mente la tragedia de Virginia, donde la profesora de Cho Seung Hui recordó el tono perturbador de algunos de los ejercicios literarios del surcoreano, al punto que sus instructores le aconsejaron recibir ayuda psicológica.

Si la libertad de expresión defiende este tipo de hemorragia emocional negativa, no nos sorprendamos de que uno de estos días, este señor se deleite y se sienta complacido al escuchar la noticia de un Cho por estos lares, claro, no en Miraflores ni en las orillas de Asia (Eisha), sino donde están los “…pobres que quieren vivir mejor…”.

Señor Aldo, qué irracional ese pedido, ¿no?